Videojuegos y cine (dos mundos aparte)

Echando un vistazo a los mayores éxitos de esta generación (Uncharted, Gears of War, Batman, etc.) uno no puede evitar pensar en las similitudes que existen entre los videojuegos y el cine. Tanto es así, que incluso muchos no dejan de repetir frases carentes de significado como que los videojuegos son el nuevo cine. Y digo que no tienen lógica, porque estamos refiriéndonos a dos cosas inevitablemente distintas.

El mundo del cine es, en su principio más básico, el arte de contar historia. Los videojuegos no. Más claro, agua.

En el caso de nuestra industria, la interacción es -o debería de ser- el fin último del entretenimiento. Simplemente hace falta fijarse en los grandes clásicos de siempre para darse cuenta que ni Mario necesitaba -ni necesita- un gran argumento detrás, ni Pac-Man aspirar al óscar al mejor guión, ni Street Fighter 2 darnos muchos motivos para pegarnos de leches.

Está claro, los tiempos han cambiado. Y yo soy el primero que defiende los buenos argumentos de los juegos (me encantan títulos como Deus Ex o Deadly Premonition), pero eso no quita que exista un alarmante riesgo en todo esto. Los videojuegos están cayendo, cada vez más, en los más genéricos y predecibles clichés de una industria (la del cine) a la que ni las impuestas 3D parecen ir a salvar de la catástrofe.

El cine, como la música, está sucumbiendo (la segunda ha sucumbido ya, nos tememos) debido a su propia carencia de adaptarse a los tiempos. En cambios los videojuegos sí pueden luchar contra eso. Son un entretenimiento moderno, que cuenta con sus propias normas, que vive al límite de la tecnología, y que debería, en lugar de buscar referencias condenadas, marcar su propio rumbo. Y es una cuestión de vida o muerte, visto lo visto.

Con esto no me refiero solamente a fórmulas comerciales más o menos viables. Lo cierto es que me aburre hablar de descargas y formato físico, o portátiles y smartphones. Esos debates están ahí, es cierto, pero no deberían de ser nuestra mayor prioridad. De poco sirve todo eso si los videojuegos no consiguen dejar de buscar su reflejo en las películas y recuperar, encontrar, su propio lenguaje. Uno capaz de atrapar definitivamente al público actual. Tienen armas suficientes para lograrlo, solamente hay que aprovecharlas. Un ejemplo muy claro de ello podría ser el genial Skyrim, que basa su interés en la propia experiencia del jugador, no en lo que cuenta.

En definitiva, está claro que la tecnología actual permite narrar historias interactivas de gran nivel, pero eso no puede hacer que olvidemos qué es lo que diferencia los buenos juegos de los malos: las ideas. Y son estas ideas, a su vez, las que deben de decidir cómo y a qué queremos jugar en el futuro.

Solamente a nosotros, los usuarios nos toca decidir a dónde queremos dirigirnos.

 

Enrique Luque


 

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