Zelig o mis amigos

Woody Allen es probablemente el director de cine sobre el que más prejuicios se tiene. No pocas veces he vivido con más de uno y de dos amigos (más no, porque no hay tantos que me aguanten) esta conversación totalmente verídica, que os paso a ficcionar:

  • Señor X (porque de sus nombres prefiero no acordarme): Oye Néstor, tú que eres muy cinéfilo, ¿cual es tu director de cine favorito?
  • Néstor: Pues aunque contestar a eso es difícil, uno de mis favoritos es Woody Allen.
  • Señor X: No me gusta el cine de Woody Allen
  • Néstor: ¿¡Y eso!? ¿Qué películas de él has visto?
  • Señor X: Esto… eehh… mmmm… pues ahora no caigo pero, ¿ese no fue el que se casó con su hija adoptiva?
  • Néstor: ¡No imbécil, es el director de Hanna y Sus Hermanas, Zelig, La Rosa Púrpura del Cairo, Annie Hall, Delitos y Faltas, Match Point, Midnight in Paris…! ¡Aunque a ti no te dé el cerebro para… (Es posible que toda esta última intervención de mi personaje no se produzca, porque quiero seguir conservando a mis dos amigos).

Los prejuicios son como las películas de viajes en el tiempo: la premisa siempre es errónea, su desarrollo es engañoso y aunque uno se crea sentir muy bien con el resultado, como piense dos veces lo que ha estado viendo va a descubrir que lo han tratado de idiota.

En cine podríamos resumir estas motivaciones con un puñado de pautas que también me salen de mis muchas conversaciones con amigos que deberían dejar de serlo:

  • Odio al autor: «No me gusta el cine de Tarantino porque es súper sangriento y su violencia no está justificada». Error
  • Odio al género: «No me gusta el cine de terror porque me da miedo»
  • Odio a la nacionalidad (esta me encanta): «el cine español es como el vómito de una defecación» (por que decir que es una mierda ya aburre de lo tópico que es), o su variante cinefiloprejuiciosa: «no me gusta el cine norteamericano porque siempre hacen la misma película comercial».

Hay más pautas pero para lo que se quiere decir hoy es suficiente.

Los jugones, como cinéfilos 2.0, no solo hemos mejorado a un mundo más feliz en el que disfrutamos de las dos artes de manera indistinta, también hemos cogido sus manías y sus fobias y nos las hemos llevado a un estado peor en el que nos ha salido una segunda cabeza al lado de la que teníamos y por la que escupimos fuego. 

Atentos:

  • Odio al género: ¿Cuántas veces hemos oído en foros que estamos invadidos por los shooters (juegos de acción, Néstor, no digas palabrotas) actualmente? Es absurdo pensar que Call of Duty, Bioshock, Mirror's Edge, Uncharted o Gears of War tienen alguna relación de parentesco y se sentarían a cenar en la misma mesa en Nochebuena.
  • Odio al autor: ¿Todo lo que hace Nintendo es casual o para niños?
  • Odio a la nacionalidad: «Los juegos orientales son excéntricos y para frikis»

Y ahora viene la segunda cabeza que escupe fuego: el incomprensible amor incondicional por una plataforma, llámala PlayStation, llámala Xbox, PC o Wii (no tengo prejuicios). ¿Ganamos algo discutiendo por cuál es mejor? Es más, ¿dejaríais de ver películas de Woody Allen, Tarantino o, pongan aquí su director favorito, porque solo se editaran en blu-ray en lugar de en DVD, o para los de mi quinta, en VHS?

Llegados a este punto solo queda tomar una elección: o hacéis como Leonard Zelig y os transformáis casi literalmente en lo que los demás quieren de vosotros; o disfrutáis de todo lo que se os ponga delante de la pantalla y el mando sin prejuicios hasta que un personaje os invite a cenar a lo La Rosa Púrpura del Cairo; o me buscáis en la cola del cine y me espetáis: «sí, claro, puede dar su opinión pero ¿por qué tiene que darla en voz alta? Además, ¿no le da vergüenza pontificar así?».

Amigos míos, si la vida fuese así…

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